La metodología en los talleres literarios

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La metodología en los talleres literarios

Con respaldo en mi humilde experiencia,  en el conocimiento cercano de muchos talleres literarios y en investigaciones acerca de la metodología utilizada en ellos, debo decir que asombra la ausencia casi total de metodologías claras en los procesos de desarrollo de la escritura literaria.

Es bueno anotar aquí que hasta hace muy poco se pensaba que era inútil enseñar a escribir, -en términos literarios- pues se discutía que “el lenguaje es propiedad de todos”. Obviamente con toda razón, y en ese sentido cualquiera puede unir letras con algún sentido, pero lo que no es obvio es que la utilización de ese lenguaje por parte de un escritor es ostensiblemente diferente, y por consiguiente el producto final radicalmente distinto. Por ello considero de vital importancia la utilización de métodos que acerquen a los nuevos escritores, de manera más efectiva y con mayor tranquilidad, a las técnicas de la escritura.

El seguimiento de una metodología y el desarrollo de las técnicas y ejercicios asociados a ésta, contribuyen en gran medida al mejoramiento de los textos de manera global, como un todo y de manera específica, en cada uno de los detalles que componen ese universo narrado.

No se observa en la mayoría de los talleres literarios una malla curricular que de respaldo a un proceso con etapas claramente visibles; por el contrario, en la generalidad de los casos, las sesiones se limitan a la lectura de los textos escritos por los alumnos y los consiguientes comentarios de los participantes y del coordinador.

En ocasiones los compañeros destrozan sin ninguna base real la creatividad del alumno y en otras, sólo se circunscriben a determinar si les gusta lo escuchado o no, dejando de lado la inevitable comparación con otros textos o la confrontación con temas ya desarrollados, lo que aclararía muchísimo las dudas de quienes se atreven a presentar sus escritos. Temas que van desde las particularidades que hacen que un texto sea claro, hasta las características generales de la estructura básica.

No puedo dejar por fuera de este comentario a los talleres que más bien parecen el “carrusel del mutuo elogio”, en donde, de lo único que se trata es de adular permanentemente y sin ningún reparo los textos presentados por los que sesionan. Adulaciones que provienen, en la mayoría de los casos, de personas que tienen toda la intención de que los elogios se regresen a sus propios escritos. Como es inevitable, se terminan por celebrar, inmerecidamente casi siempre, textos que pueden ser mejorados si su autor tuviese interlocutores más sinceros o conscientes.

Debo decir, en honor a la verdad, que celebro la actividad literaria en todos los casos, pero creo que implementar metodologías que procuren el cuestionamiento permanente sobre la calidad de lo que escribimos en un taller literario, es una forma muy efectiva de auto corrección de los textos, por cuanto considera variables específicas como la universalidad, la belleza, la coherencia, la claridad entre otras, y  no sólo comentarios u opiniones generales, superficiales o poco tangibles.

De otro lado, la utilización de métodos propicia discusiones con base en principios definibles y concretos, como por ejemplo las condiciones del ritmo, la creación de un personaje, la voz del narrador o  la construcción de una escena; todos ellos elementos preponderantes en el texto y que un escritor debe ser capaz de manejar a su antojo, de identificar, de modificar, de mejorar e incluso de eliminar. Acciones que van mucho más allá de la mera opinión y pretender del escritor una posición disciplinada y comprometida con la calidad de su obra y la de los autores con quienes comparte un taller.

La dinámica generada alrededor de estas discusiones es valiosísima para el proceso formativo de un escritor, pues propicia atmósferas de conversación y en ocasiones, de controversia, que no sólo le son útiles al autor del texto comentado o a quien elabora la pregunta sobre un tema, sino también a cualquiera del grupo, incluido el propio tallerista.

Es prudente saber que las técnicas que son aprendidas a través de una buena metodología no sirven, y subrayo, no sirven para escribir.  Éstas contribuyen a mejorar la reescritura, a revisar los textos para depurarlos en un estadio posterior, pues la esencia de la obra es la libertad creativa. La reescritura debe ser para un escritor un proceso inherente a la creación misma del texto, en donde se habrá de abordar lo escrito desde un punto de vista bien diferente al momento creador o inspirador, si ustedes lo prefieren.

La utilización de métodos que consideran temas determinados de discusión, también provoca situaciones que apoyarán el crecimiento de los participantes de un taller literario. Estas situaciones que se dan casi por inercia, son evidenciadas en un mayor acercamiento a la lectura, en las discusiones al respecto de un libro en lectura común, en el contacto con otras personas, que pueden ser de distintas nacionalidades, permitiendo la aproximación a otras culturas y formas múltiples de ver y sentir el mundo.

Se hace pues inevitable en el enriquecimiento de un taller literario, el contacto permanente con otros estilos de escritura generando una carga invaluable de conocimientos que, de seguro, el escritor utilizará después.

Los ejercicios sugeridos a partir del trabajo metodológico  son fácilmente conducidos a término, lo que posibilita la suma de conocimientos que, con el tiempo y la ejercitación, se verán reflejados en la obra de cada autor.  Repito: estas consideraciones están destinado a la reescritura; el escritor se irá haciendo de una caja de herramientas que, con el paso de los meses, de manera inconsciente irá a dar a su obra.

Consideremos por ejemplo lo propuesto por algunas metodologías en el tema del estilo; en ellas se hace hincapié en que el estilo debe ser natural, es decir, aquel que “surge del vocabulario y nivel lingüístico de la persona que escribe…” y se sugiere la utilización consciente de los que son llamados “vicios de la escritura actual” y que Ángel Zapata examina en su libro “La práctica del relato”, manual de estilo para narradores. Aquí se establecen cuatro “vicios”: El estilo Formal, Enfático, Asertivo y Retórico Poético, que con la ayuda de ejercicios aprendemos a evitar; ejercicios que utilizan los llamados “modalizadores”, -nombre complejo pero que con la experimentación, resulta elemental-.

Este es apenas un ejemplo minúsculo de cómo el método puede ser de gran ayuda y lo que es más importante, de tratamiento sencillo, de manera que todas las personas puedan llegar a conocer las técnicas y a utilizarlas. Será, por supuesto, el talento, el elemento singular que mediará para que una buena técnica sea, en definitiva, útil para un texto literario.

Las herramientas técnicas -como los recursos narrativos y estilísticos-; las temáticas y las físicas, propuestas por algunos talleres literarios; son una oferta interesante y que debe ser tenida en cuenta, como una forma viable de conducir los estudios de quienes pretenden o pretendemos seguir el camino, para nada fácil, de la escritura literaria.

Héctor Zapata

Colombia

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